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Gratuidad, reliquia del tiempo | LANACION.COM.CO

LA NACIÓN - NOTICIAS DE LA REGIÓN SURCOLOMBIANA DE COLOMBIA

Padre Elcías Trujillo Núñez

«Cuando iba a entrar en un pueblo, vinieron a su encuentro diez leprosos, que se pararon a lo lejos y a gritos le decían: – «Jesús, maestro, ten compasión de nosotros. “Al verlos, les dijo: – «Id a presentaros a los sacerdotes. “Y, mientras iban de camino, quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos y se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias. Éste era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: – «¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están? ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? “Y le dijo – «Levántate, vete; tu fe te ha salvado.».  (Lucas 17, 11-19) 

 

Siempre me pregunto: ¿qué lugar ocupa el agradecimiento?, en sociedad autosuficiente donde todo es conquista y éxito humano, donde todo se exige, se compra y se vende, donde todo tiene un precio, en un cristianismo que es solo petición, exigencia, mercadeo con Dios. Ante este panorama, el Evangelio de hoy nos presente la impresionante escena de la curación de los leprosos y la desoladora imagen de sólo uno de ellos vuelto para dar gracias. ¿Dónde están los otros nueve?, se queja Jesús. ¡Qué mal se tuvo que sentir al ver que su poder milagroso era sentido, no como un don para agradecer, sino como una fuerza para aprovecharse de ella, poco menos que por merecerla! Y qué curioso lo que se dice del único leproso que se volvió a Jesús: era un samaritano, o sea un hereje, el único que no tenía la obligación de hacerlo. En cambio, los otros nueve, que eran judíos, aunque leprosos, aun sabiendo lo que era la marginación y rechazo de su propio pueblo, no les queda el educado sentimiento de agradecer. Hombres religiosos acostumbrados a la religión como una costumbre, no como una permanente admiración, asombro y alabanza. Un Dios para mi uso personal, un Dios a mi servicio, como si ese Dios personificado en Jesús no tuviese sentimientos. Siente que no hayan vuelto a dar gracias, esos precisamente que se creían buenos y religiosos. Tiene que ser una vez más un samaritano, un excluido, un ateo, aquel que todavía está abierto al don y no ha terminado de acostumbrarse a una religión rutinaria y ritualista, vaciada de lo esencial que es el amor. Una llamada a nosotros cristianos que venimos todos los domingos a Misa, que tenemos la tentación de merecer el cielo y la salvación, que podemos pensar que no le debemos nada a Dios, que es algo merecido por nuestras obras. ¡Qué equivocados estamos! Todos somos “leprosos”, necesitados de conversión y curación continuas.  Nuestra vida debería ser, como significa precisamente Eucaristía, “acción de gracias” permanente por el maravilloso regalo de la fe, siempre abierta a maravillarse ante lo imprevisto de Dios, nunca acostumbrados al rito rutinario vacío de vida y de corazón. De paso, todo esto nos recuerda que “agradecer” es la más hermosa actitud de la vida. El agradecimiento predispone a dar más. ¡Cómo nos gusta que nos agradezcan, que valoren lo que hacemos o que damos, que reconozcan nuestra persona! Nos anima siempre a no cansarnos de seguir haciendo el bien. ¡Qué pena esta sociedad y estos niños y jóvenes sobre todo que están creciendo en la cultura del tener, del poseer, del pedir, del exigir, pero poco en la del dar, la del agradecer! Que la Palabra del señor en este domingo nos empuje a ser más agradecidos con Dios, no por lo que nos da, sino por lo que Él es, Fuente del Amor. Agradecidos con las personas, con nuestra familia, a la que damos por supuesto que nunca hay que agradecer nada. Agradecidos con nuestros amigos, ese hermoso tesoro que hemos encontrado en la vida y que debemos cuidar. Agradecidos con la gente que se cruza cada día en el camino de nuestras vidas. Lo que sembramos es lo que recogemos. Vivamos en permanente acción de gracias, en don, en gratuidad, porque eso es lo que cada domingo celebramos y vivimos en la Eucaristía y eso es lo que debemos vivir y llevar a nuestra vida cotidiana. Pensemos por un momento en silencio en todo lo que hemos recibido gratuitamente de Dios y de los demás en estos días.

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